
Si las lágrimas que sobresalen de mi rostro, no supieran a ese último llanto, podría sentirme dichosa aún en medio de la tristeza. Mas no existe diferencia, con nuevos sabores y modificadas texturas, siguen siendo en su esencia las mismas.
Si las nuevas gotas borraran la huella que dejaron las anteriores, daría todo por llorar hasta agotarse mi reserva. Pero caigo en cuenta, que esos frágiles y traslúcidos pedazos diminutos de mi alma no ceden, no se borran, no curan, no cambian.
Y ellas siguen y se derraman hasta caer al pecho, acumulándose las viejas y las nuevas... al final, las mismas en conjunto, sumergidas en un océano indistinto del pesar. Si esas lágrimas purificaran verazmente mi ser, no las encontraría en ese almacén confinado y engañoso que suelo llamar de vez en vez corazón. Y en demasía son sus volúmenes y sus pesos los que compenetran en una misma historia que hiere y no halla su fin.
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